La cruda realidad de un JUBILADO

 Me despierto todas las mañanas y doy gracias de estar vivo. Vivo, listo a emprender la lucha por la permanencia en esta vida, lucho por seguir vivo, por vivir diariamente.

 Pero esta lucha agota, amengua las ganas y las fuerzas enflaquecen y el  miedo se apodera de mi. Me pregunto:¿Que es vivir? Es esto vida, el solo hecho de de cada día, cada hora que pasa, me veo envuelto en la disyuntiva de decidir de que cosa me debo privar.

 No recuerdo bien, la mente se me nubla y los recuerdos se confunden, al principio era simple ahorrar en la vestimenta, dejar de comprar ropa, total para que si con la que tengo esta bien. Después o también en ese momento, no lo sé, dejé de ir al cine, claro aumentaron   las entradas..., con lo mucho que disfrutaba con las películas y después de la función una porción de pizza con un buen moscato.
 
 Cuando me acuerdo me emociono pero no lloro, (que llorar no es de hombres).


 Así sin darme cuenta, o sin querer darme cuenta según se mire, fui recortando gastos uno a uno para adecuarlos a mi presupuesto cada vez mas exiguo para llegar a fin de mes.

 A todo esto los achaques físicos que trae la vejes se fueron acrecentando y fui necesitando más remedios que a su vez fueron cada vez más caros.

 Me fui privando poco a poco de todas las cosas que hacen que la vida sea placentera y digna de ser vivida. Esta privación me fue aislando y a los pocos amigos que tenía dejé de frecuentarlos y hoy no sé nada de ellos.

 Cuanto tiempo hace que no me río, que no tengo un día alegre, tampoco el contexto ayuda con esas noticias de todo lo que pasa allí afuera.


 Me parece un sueño  o mas bien una pesadilla lo que sucede y me parece que hay como una epidemia o un virus maligno se a esparcido por todos lados. Un asesino que perturba tanto, que el que lo padece es obligado a cometer esos atroces asesinatos a mujeres, a niños y a cualquier cosa que se les cruce en el camino. Un virus violento al que no se le ha encontrado el antídoto.

 Volviendo a mi, tengo mi dignidad dañada por una realidad sin razón, pensar que me dediqué por más de cuarenta años a contribuir con mi trabajo, con el esfuerzo diario y responsable a la grandeza de este país como  tantos hombres y mujeres que abrazaron al trabajo como un instrumento para alcanzar todos los sueños que alguna vez se atrevieron a soñar.

 Nada más digno que el trabajo, pero mas digno cuando éste es bien remunerado. Y aquí me vez mi remuneración por el trabajo de tantos años se ve reflejado en una paupérrima jubilación.

 Y así cada día, cada hora, los aumentos de  precios de bienes y servicios van erosionando hasta la médula nuestros ingresos y aumentando nuestra angustia no sólo por nosotros, que a esta altura estamos jugados, sino por los que nos siguen - nuestros hijos y nietos- que se merecen una vida llena de oportunidades y no de carencias.

 Ojalá esto cambie y se produzca el milagro -creo que solo un milagro nos puede salvar- de bajar la inflación a un dígito y establecer así un equilibrio que nos de estabilidad económica y -la más importante- emocional.
Amén.

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