Un café con leche y tres medias lunas.

 El hombre de cabello entrecano, que denotaba su edad, bajó despaciosamente por las escaleras hasta el hall de salida como todos los días. Recién bañado, con olor a perfume no muy caro, vestía unos pantalones desgastados por el uso, zapatillas que también daban cuenta del paso del tiempo y una campera que alguna vez habría sido de color marrón.

 Al abrir la puerta de calle el frío de la mañana lo sacudió, dejó que la puerta se cerrara sola y se encaminó a la calle.

 Poca gente a esa hora temprana lo vio caminar con parsimonia por cuatro cuadras hasta llegar al  "Café de Tito". Entró como todas las mañanas empujando la puerta vaivén y se acomodó en la mesa junto al ventanal mirando a la calle. Mirando es un modo de decir porque en verdad era poco lo que se podía divisar a través del vidrio que no había sido limpiado vaya uno saber desde cuándo. 

 Allí dentro encontró algo de confort, el ambiente estaba tibio al contrario del humeante café que le sirvió automáticamente el empleado que regenteaba el lugar. 

 Una ceremonia diaria que el muchacho  tenía incorporado a su rutina tempranera.



  El viejo de todos los días que llegaba invariablemente a los 8 de la mañana, se sentaba a la misma mesa y bebía un café cortado y una media luna, leía el diario, pagaba y sin decir palabra salía del lugar. Extraño personaje, pensaba mientras le servía.

  Mientras tanto nuestro hombre leía el periódico con avidez, tanto que no sacaba la vista del diario y se abstraía de todo lo que pudiera pasar a su alrededor. De repente ingresa un pequeño pobremente vestido con el frío reflejado en su rostro y al ver al único parroquiano en ese momento, se dirige a él y con voz trémula de dice:
-Una ayuda por favor, señor, tengo frío.
 
El hombre lo miró detenidamente y sin decir ni una palabra giró su mirada hacia el mostrador y levantando la mano con un gesto llamó al mozo y cuando este se acercó le dijo:
- Un café con leche y medias lunas. El mozo asintió se dio vueltas y se encaminó a la máquina de café.

 El viejo señaló al pibe la silla junto a él y lo invitó a sentarse. A los pocos minutos el camarero le sirvió un 
humeante café  con leche acompañado por  tres medias lunas que iluminaron la carita del niño. Mientras este devoraba la primera media luna nuestro callado personaje se levanta para dirigirse mostrador donde estaba el mozo, frente a él sacó su billetera y le pagó el gasto. 
Sin más dio media vuelta y salió sin decir palabras del café perdiéndose de vista.

 El mozo rascándose la cabeza pensó y se dijo para sus adentro: - Tantos años sin dejar una propina y ahora esto, no lo puedo creer.

 Cosas de la gente, cosas de la vida.

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