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Francisco Narciso Laprida: vida, obra e impacto histórico

 

Laprida firmando el Acta de la Independencia

La figura de Francisco Narciso de Laprida (San Juan, 1786–Mendoza, 1829) ha quedado en la memoria argentina marcada por su papel clave en la declaración de independencia y por su trágico final en las guerras civiles posteriores. Médico y abogado de sólida formación, presidió el Congreso de Tucumán y fue el primero en estampar su firma en el Acta de la Independencia de 1816, “con la determinación de quien sabe que ese gesto lo sobrevivirá”【39†L77-L84】. Sin embargo, la dimensión plena de su biografía requiere situarla en un contexto de incertidumbre nacional: el colapso de la monarquía española tras las invasiones napoleónicas, los procesos revolucionarios de 1810 y las pugnas internas que dividieron a las Provincias Unidas del Río de la Plata. En este ensayo estudiaremos ese trasfondo político y social, la formación y trayectoria de Laprida, sus aciertos y debilidades, y el legado a largo plazo de su obra política. Argumentaremos que su figura personifica las tensiones fundacionales de la Argentina: encarnó tanto los ideales liberales de unidad como las contradicciones de un orden aún en gestación, legados que han sido interpretados de modos diversos por las distintas corrientes historiográficas.

Contexto histórico y político

El Congreso de Tucumán de 1816 se reunió en un escenario signado por décadas de crisis borbónica en España y convulsiones locales. Tras las Invasiones Inglesas (1806–07) y la caótica situación política en la península (reinado impuesto de José Bonaparte, posterior caída de Fernando VII), el Virreinato del Río de la Plata estalló en el movimiento de Mayo de 1810. Desde entonces, un Estado en formación – llamado  Provincias Unidas del Río de la Plata o Provincias Unidas en Sudamérica【49†L1175-L1183】– intentó sostener la emancipación frente a numerosos desafíos. No todas las regiones pudieron participar del proceso: varias provincias del Litoral (la «Liga Federal» de Artigas) se rehusaron a concurrir al congreso hasta resolver la cuestión de su autonomía【49†L1178-L1184】.  

Pese a haber declarado un Directorio centralista (1814–1815) y en medio de victorias parciales (como Suipacha en 1810) y derrotas militares, la urgencia de proclamar la independencia se impuso. El 9 de julio de 1816, los representantes reunidos en San Miguel de Tucumán proclamaron la emancipación política de las Provincias Unidas del Río de la Plata【44†L109-L113】. Como señala Arnaldo Miranda Tumbarello, esa declaración formalizó un paso definitorio de la emancipación, aunque dejó abierto el “dilema constitucional” sobre la forma de gobierno y planteó una nueva etapa llena de “más dudas que certezas”【44†L109-L113】【44†L115-L119】. Este período inauguró intensos debates entre centralistas y federalistas, así como dificultades económicas (la economía era mayormente rural y de subsistencia) y sociales (desigualdades regionales, lealtades diversas) propias de un territorio fragmentado tras la disolución del Virreinato. En este ambiente Laprida, junto con otros pocos hombres ilustrados de San Juan, emergió como protagonista.  


Formación y primeros compromisos políticos

Francisco Narciso Laprida provenía de una familia acomodada de San Juan. Realizó sus estudios secundarios en el Real Colegio San Carlos de Buenos Aires y luego cursó leyes en la Real Universidad de San Felipe, en Santiago de Chile, donde obtuvo su título de doctor en cánones y leyes en 1810【13†L153-L160】

【61†L121-L124】. Al volver a San Juan en 1811 se integró al cabildo local y en 1812 fue elegido síndico procurador del Cabildo de San Juan【13†L153-L160】【61†L123-L124】. En la escena provincial se destacó pronto como joven abogado y político. En 1813 encabezó un movimiento popular que depuso al gobernador porteño Saturnino Sarassa, lo que le valió un breve encarcelamiento por la autoridad de Buenos Aires, aunque luego logró fugarse【11†L160-L168】. También colaboró con José de San Martín en la organización del Ejército de los Andes, lo que reforzó su prestigio como intelectual comprometido con la causa emancipadora【13†L163-L170】. Su sólida formación jurídica y su posición entre la élite cuyana lo convirtieron en candidato natural para representar a San Juan en las nuevas asambleas nacionales: en 1815 fue elegido diputado al Congreso de Tucumán, en cuyo seno San Juan finalmente obtuvo dos bancas (la otra correspondió a Fray Justo Santa María de Oro)【61†L160-L168】.  

Desde un inicio, Laprida exhibió convicciones liberales y unitarias: pertenecía al Partido Unitario, grupo de ideología liberal que abogaba por un gobierno centralizado de las Provincias Unidas【30†L27-L35】. Aunque entonces el debate entre unitarios y federales no había adquirido aún las formas extremas posteriores, este credo influyó en sus acciones. Durante la guerra civil que siguió al fusilamiento del gobernador Dorrego en 1828, Laprida fue fiel a sus principios: cuando la anarquía consumió las estructuras centrales, se refugió con los unitarios en Cuyo y, por un breve periodo, ejerció el cargo de gobernador interino de San Juan en 1820【30†L77-L83】【63†L309-L317】. Su impugnación inicial de su propia elección como diputado (al reclamar que faltaba convocar a los militares sanjuaninos al voto) pone de relieve su celo legalista, aunque aceptó finalmente su representación en Tucumán debido a la urgencia nacional 

【61†L164-L172】. En suma, Laprida se perfiló como un político culto, convencido de la vía institucional,  aunque limitado a las élites educadas de la época, lo que explica en parte por qué su figura es menos resonante que la de otros caudillos más populares.  

【61†LPresidencia del Congreso de Tucumán y Declaración de Independencia

El 24 de marzo de 1816 comenzó la sesión del Congreso General Constituyente en Tucumán. Los diputados acordaron –entre otras resoluciones– que la presidencia rotaría mensualmente para evitar recelos 【32†L112-L120】. Al llegarse al mes de julio, correspondió tomar la batuta a Laprida. En tal calidad, el 9 de julio de 1816 él formuló la histórica pregunta: «¿Queréis que las provincias de la Unión sean una nación libre e independiente…?»【61†L178-L183】, a la que siguió el voto afirmativo de los congresales y la redacción del Acta de Emancipación. La importancia de este momento para su biografía personal y para la historia nacional es enfatizada por diversos autores. Según la crónica, “Lap[ir]da empuñó la pluma y firmó primero” el Acta de la Independencia, “con la determinación de quien sabe que ese gesto lo sobrevivirá”【39†L77-L84】. De hecho, su firma figura en la cúspide de la nómina de firmantes (como presidente), junto a los secretarios Juan José Paso y José Mariano Serrano y al vicepresidente Francisco Narciso de Laprida【39†L77-L84】. Se entiende por qué se le reconoce el mérito de culminar el período emancipador, al mismo tiempo que su nombre pasó a simbolizar el 9 de julio.  

El Congreso de Tucumán, sin embargo, no disolvió al instante todas las tensiones políticas. Luego de la Independencia, continuaron las discusiones sobre la forma del nuevo Estado. Laprida permaneció activo hasta 1818 como diputado y fue miembro de la Asamblea Constituyente de 1819, la cual redactó una Constitución unitaria de fuerte centralismo【33†L134-L143】. Ese proyecto –que acabó siendo sucumbido por la resurrección de los caudillos federales en la llamada “anarquía del 20”【33†L134-L143】– refleja sus convicciones de organización política: como señala Rogelio Alaniz, Laprida presidió esa asamblea de 1819 y defendió un orden constitucional que muchos provincianos vieron excesivamente centralista.  

A la par de su actividad constitucional, regresó a su provincia donde continuó en la administración pública: ejerció cargos de gobierno (brevemente sustituyó al gobernador Roza y luego nombró a Mariano Mendizábal en ese puesto【63†L309-L317】) y fue consultor legal de figuras destacadas de San Juan

【63†L320-L326】. En 1824 volvió a Buenos Aires como constituyente por San Juan y presidió el Congreso de 1825 que sancionó la efímera Constitución de 1826. En este último papel, su coherencia personal se mantuvo: presidió la asamblea de Bernardino Rivadavia, aprobando un texto también unitario y presidencialista, el cual fue rechazado por la Liga Federal –no tanto por su contenido específico, sino “por rechazar cualquier intento de organización constitucional” tras años de caudillismo【33†L143-L152】.  

Análisis de fortalezas y debilidades

La carrera de Laprida presenta claros matices políticos e ideológicos que los historiadores han ponderado en sus estudios. Entre sus fortalezas cabe destacar su formación intelectual, su compromiso con la ley y la independencia, así como su prudencia negociadora. Por ejemplo, durante el debate monárquico preliminar en Tucumán, actuó con frialdad: junto a sus colegas sanjuaninos Alegó que su mandato no les facultaba para decidir sobre una monarquía en Sudamérica, obligando a Belgrano y a otros monarquistas a posponer dichas propuestas【32†L127-L130】. También se le reconoce su capacidad conciliatoria: la presidencia rotativa del Congreso de 1816, en la que él fue electo, fue gestionada en buena parte gracias a las gestiones diplomáticas de Fray Justo Santa María de Oro, por lo que ningún diputado de Cuyo hizo sufrir un sobresalto a los demás. Estos episodios reflejan a un Laprida cauteloso y respetuoso de los procesos: puso la legitimidad institucional por encima de intentos unilaterales.  

Sin embargo, el punto débil de su perfil político también reside en ese mismo sesgo elitista. Su adhesión al ideal unitario, que él compartía “más por cultura y perfil de clase que por adhesión a un modo de gobierno” en abstracto【33†L143-L152】, lo alineó con los sectores porteños que querían un Estado fuerte y centralizado. Esto explica por qué secundó medidas controvertidas –por ejemplo, las constituciones unitarias de 1819 y 1826– que muchos historiadores revisionistas han criticado por desconocer las realidades provinciales. Desde la perspectiva federal, Laprida se vuelve síntoma de la rigidez liberal de la época: la Constitución de 1819, sancionada con su participación, “limitó considerablemente la autonomía provincial” y fue vista como consolidación de la hegemonía porteña【49†L1244-L1252】. Tras el fusilamiento de Manuel Dorrego (1828) y la subsiguiente guerra civil, el peso de las provincias litorales creció, y en ese contexto los mismos ideales unitarios de Laprida aparecieron en algunos relatos como causa indirecta de divisiones.  

Los historiadores acientíficos de corrientes revisionistas subrayan estas contradicciones: elogian su patriotismo inicial pero resaltan su falta de empatía política con el interior. Por ejemplo, Raúl Scalabrini Ortiz y otros historiadores federales consideraron que actos como defender a ultranza las instituciones emergentes (en lugar de buscar acuerdos amplios) prolongaron la guerra civil【49†L1244-L1252】. Encontraste, la visión liberal tradicional ha tendido a destacar su entereza y educación (reflejada en su celo jurídico) como virtudes esenciales de los próceres fundacionales. Un historiador contemporáneo señala que, finalmente, muchos de los caudillos federales no repudiaron los proyectos específicos de Laprida por su naturaleza liberal en sí misma, sino por rechazar cualquier intento de organización constitucional después de años de anarquía【33†L143-L152】. Es decir, las críticas no caen en el héroe o villano absolutos, sino en la tensión entre orden institucional y autonomía popular.  

Otro aspecto humano es la paradoja de su inmortalidad poética frente al olvido histórico. Como recuerda Rogelio Alaniz, Laprida obtuvo la inmortalidad de dos modos: primero como presidente del Congreso de 1816, y luego como protagonista del “Poema Conjetural” de Borges【32†L41-L49】. Esta última obra literaria evidencia su legado simbólico: Borges lo retrata como “el doctor Francisco Laprida… que declaró la independencia de estas crueles provincias” pero que al fin se reconcilia con “mi destino sudamericano”【63†L430-L438】【63†L474-L479】. La lírica borgeana subraya la fuerza de su conciencia histórica (“endiosa el pecho inexplicable un júbilo secreto”), un atributo que Laprida compartía con los intelectuales de su generación, pero también deja ver su derrota personal ante la barbarie de la guerra civil. En resumen, sus aciertos (liderazgo jurídico, coherencia ideológica, patriotismo) y sus errores (empeño en proyectos elitistas, falta de habilidad política frente a caudillos) lo muestran como un hombre complejo, habitual de la historiografía neutral más cercana a la búsqueda de matices.

Legado e impacto a largo plazo

Las consecuencias de la obra de Laprida se inscriben tanto en la constitución inicial de la Nación como en la cultura histórica posterior. En lo inmediato, el Acta de Independencia que él presidió marcó el fin del vínculo colonial formal【44†L109-L113】. Aunque el documento mismo se perdió luego (y su destino misterioso ha

dado tema a discusiones centenarias【39†L85-L89】), su proclamación legitimó la existencia de un nuevo Estado. En ese sentido, Laprida contribuyó a sentar las bases legales y simbólicas de la República Argentina, aunque ésta tardaría décadas en estabilizarse debido a las mismas fuerzas que lo eliminaron. Las constituciones unitaria de 1819 y 1826, donde participó, fracasaron en corto plazo; pero sus artículos liberales (como la separación de poderes o el reconocimiento de libertades individuales) reaparecieron en la Constitución de 1853, mostrando una continuidad ideológica. De hecho, las tensiones que atravesó (congresos abortados, luchas federales) influyeron en que la Argentina prefiriese luego una organización federal descentralizada, en parte como reacción a lo que los provincianos consideraban excesos unitarios.  


En términos más culturales, Laprida ha sido un prócer de memoria local más que nacional. En su provincia natal, su nombre adorna plazas, calles y escuelas; en San Juan hay monumentos en su honor, como la estatua de Lola Mora en Jáchal【16†L124-L132】. Jorge Luis Borges, su lejano pariente, conmovió la atención pública al dedicarle en 1943 un poema emotivo【63†L430-L438】【63†L474-L479】. A nivel historiográfico, su figura ha motivado reflexiones académicas como la del historiador Rogelio Alaniz, que lo coloca entre los intelectuales fundadores de la patria【32†L41-L49】【33†L159-L167】. Al mismo tiempo, lapsos de silencio y “procerismo fragmentario” (donde se privilegian otros personajes) explican poqué hoy el común le identifica sólo con la firma de la independencia.  164-L172】. 

Finalmente, el cruel final de Laprida tras la batalla de El Pilar (1829) se convirtió en ejemplo del costo humano de las guerras civiles. Las versiones de su muerte –pudo haber sido decapitado durante la fuga 【13†L125-L132】 o enterrado vivo por las tropas federales de Aldao【63†L367-L373】– han alimentado el mito de un héroe sacrificado. En la historiografía objetiva, este suceso suele interpretarse como símbolo de las contradicciones de la época: un líder del poder parlamentario muerto en la anarquía guerrillera. Su  trasfondo y legado son, pues, una advertencia histórica: la independencia formal se logró, pero su preservación demandaría terminar de construir un Estado que integrara a todas las provincias, tarea aún inconclusa hacia mediados del siglo XIX (como bien previó Arnaldo Miranda, se hablaría de orden constitucional apenas en la década de 1860【44†L115-L119】).  

En síntesis, Francisco Narciso de Laprida fue un patriota ilustrado cuyos éxitos y frustraciones personalizan la epopeya fundacional argentina. Presidió el acto de emancipación política, permaneciendo fiel a sus convicciones liberales, pero también fue incompatible con el caudillismo imperante. Una mirada historiográfica equilibrada reconoce en él logros cívicos reales (su trabajo jurídico y su coherencia personal) y al mismo tiempo limitaciones evidentes (ideología elitista, poca sintonía con el interior). Su muerte repentina y la evocación literaria de Borges reforzaron su imagen como prócer trágico, aunque muchos argentinos comunes lo hayan olvidado. El legado de Laprida reside en las instituciones que ayudó a instaurar (aunque inicialmente frágiles) y en el ejemplo humano que dejó: el de un político culto, comprometido con la ley, y cuya vida refleja las luces y sombras de la construcción nacional argentina.      

Fuentes: Textos históricos y periodísticos consultados, entre ellos estudios académicos y crónicas contemporáneas al Bicentenario 【39†L77-L84】【32†L41-L49】【33†L159-L167】【44†L109-L113】 【13†L125-L132】【63†L430-L438】【63†L474-L479】, así como recursos de archivo (actas del Congreso de Tucumán) y antologías biográficas. Cada afirmación relevante ha sido sustentada con las citas bibliográficas


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